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Crianza con apego: ¿qué significa?

La conexión emocional entre madre e hijo da lugar a uno de los lazos más fuertes que pueden experimentarse en la vida. Tiene el sello de la incondicionalidad, y eso lo convierte en indestructible a pesar de los años y los contratiempos.

Como muchas otras cosas, la crianza no es ajena a las modas y a los cambios que traen aparejados los nuevos conocimientos. De ahí que la forma en que nuestras abuelas criaron a sus hijos dista mucho de cómo lo hacen las mamás de hoy. Sin embargo, hay un concepto que no solo ha resistido el paso del tiempo, sino que en los últimos años ha sido revalorizado y recuperado como uno de los ejes centrales de la crianza. Se trata del apego.

Chiquito e indefenso

El bebé nace indefenso y vulnerable, y por eso precisa de un adulto para poder sobrevivir. Pero no de cualquier adulto sino de alguien que pueda entregarse emocionalmente a él, que sea capaz de convertirse en su sostén emocional. Estas son palabras mayores, dado que exigen gran dedicación y estabilidad de la persona que ocupe ese lugar.

Suele insistirse en la importancia de que sea el adulto el que en los primeros tiempos se adapte a las necesidades del bebé, y no al revés. Eso se debe a que el pequeño, aún inmaduro, no puede resolver sus requerimientos por sí mismo. Algunos de ellos son protección, cuidado, abrazos… De hecho, el contacto corporal es un gran consuelo: sentir el calor del cuerpo de mamá y los latidos de su corazón le brinda seguridad, y por eso anhela estar en sus brazos, ser mimado, besado y acariciado.

Qué es la crianza con apego

Se llama apego al vínculo emocional que desarrolla el niño con la persona que lo cuida, le brinda su amor y responde prontamente a sus demandas. Por lo general esa persona suele coincidir con la mamá. Pero, en verdad, es alguien que cuente con dos condiciones imprescindibles: accesibilidad y capacidad de respuesta.

Estos requisitos -estar disponible para lo que el bebé precise, y poder dar respuesta a sus necesidades- le dan un estado de seguridad, indispensable para su adecuado desarrollo emocional. El niño anhela sentirse amado y protegido en forma incondicional, y eso se logra cuando hay alguien que satisface sus requerimientos, puede consolarlo, lo abraza, lo mima, calma su hambre y sus angustias, lo mira, le demuestra interés y se relaciona con él de manera activa.

Pero el bebé, ¿se apega solo a mamá? Claro que no. Sin embargo, durante el primer año de vida la mayoría de los pequeños desarrolla un interés especial por una persona que se vuelve su preferida. Por lo general esa persona es su madre, que se convertirá entonces en la “figura de apego central”.

Es probable que a esta altura se haya dibujado una gran sonrisa en el rostro de las mamás, porque ¿a quién no le gusta ser la preferida? Sin embargo, eso significa también que el bebé preferirá que sea ella quien lo consuele, lo acune, lo calme, lo alimente, lo haga dormir… Y lo cierto es que a veces la tarea suele resultar agotadora. La buena noticia es que los chicos pueden dirigir su apego también hacia otra gente: papá, abuelos, tíos, maestras, o cualquier persona a la que vean con frecuencia y que ocupe un lugar de gran importancia. Son las “figuras de apego subsidiarias”, y que constituirán la red de sostén afectivo en la vida del niño.

Ser lo más importante en la vida de un hijo es emocionante. Pero al mismo tiempo, una enorme responsabilidad. 

Cerca de mamá

Es tal la necesidad de apego que tiene el bebé, que hasta desarrolla estrategias para captar la atención de mamá. Y cuando no lo consigue, reacciona con enojo y desconsuelo, pero no porque sea caprichoso o manipulador, sino porque la presencia y el amor de su madre son un necesidad vital. Algunas de las expresiones más frecuentes de este requerimiento son:

  • El llanto. Es su forma de comunicar que precisa algo. Algo maravilloso sucede después del nacimiento y se conoce con el nombre de “preocupación maternal primaria”. Es, ni más ni menos, la habilidad que tiene la mamá de comprender las necesidades del hijo. Su llanto sonará bien distinto si es por hambre, dolor, o deseo de estar en brazos. Responder esas demandas es la única forma de consolarlo, y eso no lo malcría: lo hace sentir seguro del amor de su madre.
  • La sonrisa. Es fuente de alegría y emoción, logra que mamá acuda aunque esté cansada, y que cambie su humor aun si está irritada. Pero eso sí: las sonrisas del bebé buscan ser correspondidas. De hecho, si la mamá permanece seria cuando el pequeño le sonríe, primero intentará insistir haciendo soniditos y balbuceando. Y si incluso así continúa mirándolo seriamente, romperá en un llanto desconsolado, que refleja la gran vulnerabilidad que siente cuando su madre no está disponible para él.
  • La llamada. A partir de los 4 meses, emite grititos agudos para llamar a su mamá. Durante el segundo año de vida varía la intensidad de su llamada según crea que ella se encuentra cerca, o que está lejos o preparada para marcharse.
  • Upa. A partir de los 6 meses, cuando ella pase cerca de la cuna, el bebé la mirará y le extenderá los bracitos. Los brazos maternos son toda la protección que necesita. 

La mejor protección

Cualquier mamá habrá notado que más allá del cansancio y de las noches sin dormir, esa predisposición de amor hacia su bebé le proporciona las más hermosas recompensas. Y es cierto: ser tan importante en la vida de un hijo es emocionante. Pero al mismo tiempo, una enorme responsabilidad. 

La infancia es un período sumamente breve en comparación con las huellas profundas que deja en las personas. El amor, la disponibilidad y la atención a sus necesidades permitirán al niño desarrollar un concepto positivo de sí mismo, que lo hará sentirse merecedor de buenos vínculos. Y eso es, sin lugar a dudas, una gran protección.

Asesoró: Dra. Mariana Czapski, Psicóloga y Especialista en Psicología Clínica

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