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La increíble transformación de tu cuerpo

Durante el embarazo, todo tu cuerpo cambia, tanto por fuera como por dentro. Tu apariencia se modifica notablemente así como el funcionamiento de muchos de tus órganos. Todas estas transformaciones no hacen más que reflejar lo bien preparado que tu organismo está para concebir y adaptarse a las necesidades de tu bebé durante nueve meses.
La gran responsable de las modificaciones que sufrirá el cuerpo a lo largo de toda esta etapa es la progesterona, una hormona que la placenta produce en grandes cantidades. De hecho, casi todos los síntomas que hacen presumir que una mujer está embarazada se deben a la acción de esta hormona.

Los pechos

Se modifican de manera extraordinaria desde el primer momento. Ya a los pocos días de haber notado un retraso, los pechos se perciben más sensibles, más pesados, aumentan notablemente su tamaño, y están más turgentes.
Eso se debe al efecto de las hormonas: estrógeno, progesterona y prolactina, cuya concentración aumenta en forma notable a lo largo de toda la gestación.
Debido al crecimiento de las glándulas mamarias, la piel se estira, lo que ocasiona bastante picazón, y deja a la vista toda la red de venas superficiales, que fuera del embarazo no se notan.
En el segundo trimestre las areolas y los pezones se oscurecen, y éstos últimos se agrandan. En la areola aparecen pequeñas protuberancias blanquecinas (tubérculos de Montgomery).
No te preocupes si en el tercer trimestre notás que tus pezones secretan un líquido amarillento. Se trata del calostro, primera variedad de leche que fabrica el pecho materno, que servirá de alimento para el bebé durante los primeros días de vida.

El útero

Es un músculo hueco que, fuera de la gestación, tiene la forma y el tamaño de una pequeña pera invertida. Las hormonas y el embrión en desarrollo son los responsables de su notable crecimiento. Basta solo imaginar que su tamaño se incrementa 24 veces hacia el final de la gestación: pasa de los 60 a los 1.000 gramos en el transcurso de 9 meses, y su capacidad alcanza los 5 litros, algo así como 500 veces más comparado con su volumen inicial. Este fabuloso incremento provoca cambios en la posición de los órganos vecinos: los intestinos se desplazan y el estómago se eleva, fenómenos que dan origen al tránsito lento, a la pesadez durante la digestión, y a la típica acidez estomacal.
También los riñones y sus tubos de drenaje (los uréteres) sufren modificaciones que suelen predisponer a infecciones urinarias. ¿Cómo prevenirlas? Tomando mucho pero mucho líquido, y orinando con frecuencia.
El abdomen crece en forma acelerada, y la piel se estira y pica. Pero no te pongas ansiosa: para que la pancita se haga evidente vas a tener que esperar un poco. Recién a las 15 semanas (más o menos a los 3 meses), cuando el útero “asome” por encima del pubis, vas a poder empezar a lucir tu ropa de embarazada.
Al estirarse, las fibras del tejido de la pared abdominal pueden romperse y dar lugar a pequeñas estrías. A las 24 semanas de gestación (quinto mes), el útero podrá palparse a la altura del ombligo. En el octavo mes, llegará al esternón. Luego, cuando falte poco para el parto, descenderá unos 3 centímetros, aproximadamente.

La espalda

Por su peso y su tamaño, la panza hace que tu cuerpo tienda a inclinarse hacia adelante. Entonces, para ganar equilibrio mientras caminás, llevás tu columna hacia atrás y así compensás el peso de la “mochila” que acarreás al frente. Antiguamente, esta posición se conocía como “el orgulloso porte de la embarazada”. Pero lo cierto es que este cambio en la curvatura de la columna puede ocasionarte dolores de espalda, que cesarán unas semanas después del parto.

Las piernas

Con el paso de los meses, las piernas comienzan a verse y a “sentirse” hinchadas. Sobre todo al final de un día pleno de actividades. Sucede que mientras estás parada, el útero comprime los grandes vasos sanguíneos de la pelvis. Esta posición (de pie) entorpece la circulación de la sangre entre las piernas y el corazón. Así, la sangre retenida aumenta la presión dentro de las venas, y eso favorece la salida de líquido hacia los tejidos. La consecuencia inevitable de este fenómeno es la formación de edemas en los pies y en las pantorrillas. Y no solo eso: algunas venitas pequeñas y frágiles no tolerarán semejante congestión, lo que puede dar lugar a várices y “arañitas”.

Con el paso de los meses, las piernas comienzan a verse y a “sentirse” hinchadas. Sobre todo al final de un día pleno de actividades.

¿Qué hacer para prevenir o aliviar estas molestias? Descansá todo lo que puedas. Durante la noche, y haciendo alguna siestita a lo largo del día.

Los genitales

Los genitales externos se hidratan y se lubrican a medida que el embarazo avanza. En ciertos casos, la congestión genital suele provocar várices en la vulva, y a veces hemorroides.
Debido al efecto de algunas hormonas, como los estrógenos, es usual que aumente la secreción vaginal (flujo). Siempre que sea transparente o blanquecina y no tenga mal olor, no hay por qué preocuparse.
Los ligamentos y tejidos de la pelvis también responden a la acción de las hormonas y se ponen más elásticos. De esta manera, se preparan para dilatarse en el momento que tu bebé haga su paso por el canal de parto.

La piel

La piel tampoco escapa a las modificaciones. Los cambios hormonales estimulan la producción de melanina, sustancia que otorga la tonalidad a la piel. Al haber más melanina, se pigmenta con más facilidad. Por eso, para evitar la aparición de manchas en el rostro, debés cuidarte del sol como nunca antes.
Un cambio evidente es el oscurecimiento de areolas y pezones, así como de los genitales externos y las cicatrices existentes en el cuerpo.
Pero la “mancha” más típica del embarazo es la línea fusca (también llamada alba o nigra). Se trata de un trazo vertical pigmentado en el abdomen, desde el ombligo hasta el pubis.
Debido al estiramiento de la piel, pueden aparecer estrías, que durante la gestación pueden tener un aspecto rojo-vinoso, y que se convertirán en nacaradas o blanquecinas en el posparto.

Durante el embarazo la piel tiene una mayor predisposición a pigmentarse. Para evitar la aparición de manchas en el rostro, debés cuidarte del sol como nunca antes.

La circulación

Un cambio importante que altera los valores del análisis de sangre de la futura mamá es el incremento del volumen sanguíneo. Normalmente, una persona adulta tiene 5 litros de sangre circulante. En la mujer embarazada, la cantidad sube un 50% durante los primeros 3 meses, es decir que alcanza los 7 litros, aproximadamente. En el análisis, estas modificaciones se traducen, por ejemplo, en una disminución del hematocrito y un aumento de los glóbulos blancos. Advertencia: si sos de las que leen los informes antes de entregárselos al médico, no te alarmes, porque muchas de las variaciones que vas a observar son completamente normales.
Los latidos cardíacos también se aceleran (entre 15 y 20 por minuto) para impulsar el torrente sanguíneo a todo tu organismo, y en especial al útero y a la placenta.
En la primera mitad de la gestación, la presión sanguínea suele descender en alrededor de 5 a 10 mmHg. Esto quiere decir que, si antes tenías, por ejemplo, 120/80, al promediar el embarazo es esperable un valor de 110/70 mmHg o menos. Es muy importante mantener tu tensión arterial “a raya”. Para eso, tu obstetra la controlará en cada una de las visitas.

En el tercer trimestre tus pezones pueden secretar un líquido amarillento. Se trata del calostro, primera variedad de leche que fabrica el pecho materno.

La micción

Es habitual que las futuras mamás hagan pipí a cada rato, y las razones son más de una. En las primeras semanas de embarazo, el organismo “fabrica” gonadotropina coriónica humana (hCG), hormona que hace que orine más seguido. Sumado a eso, el cuerpo contiene más líquido que antes, por lo que los riñones tienen que trabajar más para eliminar los deshechos.
Además, cuando el bebé crece y se ubica cabeza abajo, aumenta la presión sobre la vejiga y eso hace que sienta necesidad de hacer pis más seguido.
También es normal que durante la noche tengas que levantarte de la cama más de una vez para ir al baño.

Cambia, todo cambia…

Como ves, todo (o casi todo) se transforma desde el momento mismo en que la noticia se confirma. Tus planes, tus proyectos, tus fantasías, tus ilusiones… Y por supuesto, también tu cuerpo. En apenas unos meses asomará tu incipiente pancita, que lucirás con orgullo dondequiera que vayas. Y a medida que el tiempo vaya pasando, ese bultito casi imperceptible se transformará en una panza enorme y pesada. Una panza que, durante 9 meses, será el hogar de tu bebé.

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