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¡Se lleva todo a la boca!

Por medio del reflejo de succión, el bebé descubre que su boca es el medio para conocer el mundo que lo rodea. Es más: durante los primeros dos años atraviesa la denominada “etapa oral”, precisamente porque su actividad se centra casi exclusivamente en su boca, que es la zona de mayor sensibilidad. A través de ella satisface necesidades biológicas y psicológicas, dado que no solo se alimenta sino que adquiere sus primeras experiencias de contacto y reconocimiento del mundo externo: percibe sabores, texturas, formas, tamaños y temperaturas, que le permitirán ir diferenciando los objetos.

El reflejo de succión está especialmente vinculado con su supervivencia, porque le permite alimentarse. Pero además, el contacto con el cuerpo de mamá mediante el amamantamiento hace posible reanudar el vínculo iniciado en la panza.

A medida que la succión se ejercita, la boca se va adaptando a diferentes elementos, como el pezón, el chupete y los deditos. Así el bebé comienza a distinguir, cada vez con mayor precisión, los estímulos y objetos que lo rodean.

Este período del desarrollo es tan importante que se podría afirmar que la utilización de los mecanismos reflejos dispuestos para la succión es, en cierto modo, el primer signo de actividad psíquica infantil.

Por medio de la boca el bebé no solo satisface su necesidad de alimentarse sino que descubre sensaciones placenteras.

Placer y consuelo

Como consecuencia de su necesidad de alimentarse y de su innato reflejo de succión, el bebé descubre inmediatamente que su boca constituye una enorme fuente de sensaciones placenteras. Junto con la leche recibe también las caricias, el olor de su mamá y el placer de la succión en sí misma. Vale decir que en un primer momento la boca le procura alimento pero además le brinda un bienestar adicional. Más adelante, para experimentar esas sensaciones ya no necesitará tener hambre sino que podrá obtenerlas succionando el chupete, su dedo o cualquier objeto que caiga en sus manos, por ejemplo su sabanita o un osito. Cuando el pequeño descubre que el solo hecho de succionar le resulta placentero, encuentra en esta actividad un gran consuelo (no es casualidad que chupete en inglés se diga “pacifier”, que significa “pacificador”).

Mediante la succión el bebé puede -de manera muy rudimentaria- representarse a su mamá y al alimento; por eso se calma cuando succiona. Pero esta ilusión no dura mucho, porque cuando tiene hambre, si su madre no aparece pronto, el chupeteo no alcanza para calmarlo. Primero emite algunos soniditos que alertan que se está poniendo inquieto; el chupete o el dedo lo ayudarán a esperar un poquito, pero solo un poquito. Durante los primeros años, necesita paliar sus necesidades en forma inmediata, o lo más rápido posible, hasta que disponga de los mecanismos que le permitan postergar un poco la satisfacción. La etapa oral se caracteriza por ser una época en la que tu chiquito no tiene capacidad para la espera; por eso, el descubrimiento de la succión como experiencia placentera y de consuelo resulta vital.

Una ventanita al mundo

Succionando el bebé reconoce texturas, sabores y temperaturas, que le permiten ir diferenciando los objetos: los chupa para conocerlos. Lo primero que se lleva a la boca es la teta de mamá, que será -por algún tiempo- la única representante del mundo externo. Después del pecho (o la mamadera), percibirá que hay otros elementos que le facilitan la succión; el chupete es uno de ellos. Este pequeño objeto de características tan especiales no es, sin embargo, el único al que recurre: alrededor de los 4 meses descubrirá sus manos y lo que puede hacer con ellas, y todo lo que tome se lo llevará a la boca, para conocerlo. Un gran avance, sin duda, pero que al mismo tiempo conlleva ciertos riesgos, porque tu hijo aún no es capaz de distinguir cuáles son los elementos peligrosos y cuáles no. Por este motivo, es preciso que le garantices un ambiente seguro y libre de peligros: fijate que los juguetes cumplan con todas las normas de seguridad; por ejemplo, que no tengan partes pequeñas que puedan desprenderse y que pueda tragar, y que estén fabricados con materiales que no resulten tóxicos.

Después, alrededor de los 5 meses, le encantará levantar las piernitas y meterse los pies en la boca. Es más, no es raro que en cualquier momento quiera sacarse los zapatos o las medias para poder disfrutar sin barreras que se lo impidan.

No es casualidad que en inglés chupete se diga “pacifier”, que significa “pacificador”.

Y ahora… ¡muerdo!

A partir de los 6 meses, cuando comienzan a salir los primeros dientitos, su boca -fuente de todo placer- se ve invadida de molestias, por las encías que se inflaman. El pequeño “chupador” se convierte ahora en un pequeño “roedor”, porque para aliviarse necesita morder. En este período los mordillos son ideales, dado que favorecen la mordida y al mismo tiempo ayudan a calmar el dolor y la inflamación.

Este momento coincide con el inicio de una nueva etapa: tu hijo empieza a comer sus primeras papillas y su boca se convierte en la gran protagonista que le permitirá apreciar un mundo nuevo pleno de sabores, texturas y temperaturas. Y como es lógico, querrá toquetear, jugar con la comida y llevársela solito a la boca. Sí, claro que se va a ensuciar, pero no importa, dejá que lo haga: es su forma de familiarizarse con los alimentos, otro nuevo elemento del extraordinario mundo que está aprendiendo a reconocer.

Con el asesoramiento de Dra. Mariana Czapski, Especialista en Psicología Clínica.

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