Miedo de hacer caca
Por Redacción Ahora Mamá
2 de abril de 2019

Es un temor frecuente en la infancia que preocupa y mucho a los papás, ya que pueden llegar a retener días y días. Cómo actuar.
¿Pelela
o inodoro?
Excepto que el niño se siente correctamente: inclinado hacia delante, con las rodillas juntas y los pies apoyados en el suelo, la pelela no es el lugar más apropiado para que vaya de cuerpo.
Cuando el bebé abandona los pañales, la pregunta de rigor es si ponerlo en la pelela o directamente en el inodoro. Lo cierto es que ambos presentan beneficios y desventajas que conviene considerar.
Por lo general, los chicos se sientan extendiendo las rodillas y los pies, de modo que la colita queda como metida en un embudo. Y en esta posición, no es posible ejercer la presión adecuada para comprimir la pancita y relajar el esfínter.
Naturalmente, el inodoro tal como se encuentra en el baño de casa no es el lugar más apto para que el niño haga caca. Imaginemos al pequeño sentado allí, con sus piernitas colgando, y haciendo equilibrio sobre un gran orificio, que además arrastra agua en forma de remolino. Sin duda, la criatura no se sentirá segura ni cómoda, y mucho menos relajada.
Sin embargo, existen adaptadores para achicar el diámetro del orificio del inodoro, donde el chiquito puede apoyar la cola y sentirse seguro. Asimismo, puede colocarse una plataforma para apoyar los pies, dado que las piernitas colgando no permiten efectuar una adecuada presión abdominal.
Otra posibilidad son los inodoros en miniatura, especiales para niños, que tienen el diámetro y la altura ideales.
Dejar
los pañales y aprender a hacer caca en el inodoro es un proceso que
lleva tiempo. Durante esa etapa es bastante frecuente que los chicos
atraviesen momentos de miedo que, incluso, puedan intensificarse:
reacciones de llanto o gritos, se niegan a sentarse, aguantan y
retienen durante días, y parece que no hay manera de convencerlos de
hacer caca, al menos que no sea su pañal o su ropa interior. Frente
a estas reacciones es lógico que los padres se angustien no sólo
por verlos sufrir, sino también por el temor a que pueda verse
afectada su salud.
Aprendiendo
a dejar el pañal
Aprender a dejar el pañal implica conquistar la
liberación voluntaria y el control de la función intestinal y
vesical (capacidad para controlar el hacer pis y caca) también
llamada control de esfínteres.
En
general este control se logra entre los 2 y los 4 años de edad, y
hay tres factores que lo hacen posible:
El
factor cultural, con sus normas de educación, adaptación e
higiene.
Las
características del medio familiar.
Y
la maduración del sistema nervioso, que implica el fortalecimiento
de los músculos y el progreso en la coordinación física.
Para
que un chico pueda dejar los pañales, es imprescindible que se
cumplan conjuntamente los tres factores: si bien la maduración del
sistema nervioso hace que esté en condiciones de adquirir hábitos,
un niño jamás podrá lograr el control de esfínteres si sus padres
no participan en el proceso. Sin embargo hay que tener en cuenta que
así como cada niño
tiene sus tiempos a la hora de caminar, también los tiene a la hora
de dejar los pañales: es necesario que los padres respeten y
acompañen el aprendizaje sin apuros y sin ansiedades. Además, deben
saber que en el proceso de dejar los pañales habrá momentos de
avances y de retrocesos, totalmente esperables y normales, así como
también momentos en los cuales pueden surgir miedos.
Una buena ayuda en estos momentos es la ropa
interior de aprendizaje, especial para acompañar a los pequeños en
estos logros, ya que el mismo chico puede subirlos y bajarlos solito.
Muchas veces los papás se entusiasman al ver que los chicos empiezan
a controlar, y rápidamente dejan de ponerles pañales y los
reemplazan por ropa interior. Si bien esto puede ser un gran
incentivo para los chicos, hay muchas situaciones que suelen
presentarse en el camino hasta que el aprendizaje se consolide.
No quiero, no quiero y no quiero
En el caso puntual del miedo a hacer caca, los
chicos suelen negarse a hacer caca o a hacerla sentados -sea en el
inodoro o en la pelela- con lo cual terminan haciéndose encima o
manchando su ropa interior. Esta situación frustra principalmente a
los padres, que suelen transmitir su ansiedad al pequeño. La
consigna es respetar los tiempos de cada chiquito, pero teniendo una
postura activa, es decir implementando algunos recursos que pueden
ser de gran ayuda.
¿Está
listo?
Antes
que nada, lo más importante es saber si tu hijo ya está realmente
listo para controlar voluntariamente el hacer caca. Hay algunas
pautas que te pueden dar la pauta de que está preparado para
controlar esfínteres.
Alrededor
de los 2 años los chicos se ponen curiosos por ir
al baño como sus padres y hermanos mayores.
Empiezan
a jugar con que “hacen que van al baño como los grandes”. Pero
como todavía no es un interés constante en los chicos, estos
juegos aparecen y desaparecen. Por eso los adultos no debemos
entusiasmarnos demasiado pensando que ya se puede intentar
“entrenarlo”, porque –aunque está en camino- aún no está
listo.
Entre
los 2 y los 2 años y medio, los chicos no solamente se vuelven más
curiosos sobre este aprendizaje, sino también sobre las diferencias
sexuales entre varones y mujeres; es por eso que el cuarto de baño
será un lugar de especial interés para ellos por varias razones.
Aproximadamente
a esta edad, normalmente comienzan a avisar que se hicieron pis o
caca para que los cambien, porque les resulta molesto el pañal
sucio.
Los juegos de trasvasar líquidos (pasarlos
de un recipiente a otro) también indican que el niño está en
condiciones para empezar a entrenar el control de esfínteres. Este
juego encierra un importante simbolismo ya que nos anuncia que el
niño está preparándose para poder entregar en forma voluntaria lo
que sale de su cuerpo.
Tiene
miedo
Controlar
esfínteres implica -entre otras- cosas tomar conciencia de cómo
funciona el propio cuerpo. A nivel psíquico es muy significativo
porque fortalece la discriminación entre lo interno y lo externo, es
decir, entre lo que está dentro y fuera del cuerpo. Esta experiencia
también le permite darse cuenta de sus propias sensaciones
corporales, las que le servirán de aviso para poder darse cuenta
cuándo tiene ganas de hacer caca. Mecanismos como la retención y la
expulsión -que hasta el momento pasaban desapercibidos- comienzan a
poder controlarse. Y así como se percata de estas cosas, también
percibe que su caca es algo que está dentro de su propio cuerpo, con
lo cual hacer caca es desprenderse de algo propio, algo que tendría
que entregar voluntariamente, pero que luego se pierde. Y no siempre
es tan fácil deshacerse de algo propio sin resistirse y sin tener
sentimientos ambivalentes. “¿A
dónde va esa parte de mi cuerpo?”.
De
alguna manera, negarse a hacer caca le da al niño una vivencia
omnipotente de control de su propio cuerpo. Algo similar ocurre
cuando los chicos rechacan la comida que se les ofrece, o el famoso
“el nene no me come”. Claro que en esos casos no aparece la
emoción “miedo”.
Pero
hay otras dos situaciones que también pueden motivar que los chicos
no quieran hacer caca:
En
los chicos constipados es frecuente que alguna vez se hayan
lastimado al hacer caca. Cuando las heces son muy duras o incluso
grandes, a los chicos les cuesta mucho y es común que se lastimen
al expulsarla. Esto obviamente les provoca dolor, e incluso puede
provocar alguna pequeña fisura anal que los atemoriza. Es así como
la expulsión queda asociada con el dolor, con lo cual, se niegan a
hacer caca. Esta negativa lejos de solucionar el problema lo
incrementa convirtiéndolo en un círculo vicioso.
El
inodoro suele ser un lugar que genera sentimientos encontrados. El
remolino de agua que provoca la desaparición de la caca cuando se
aprieta el botón es algo que puede asustar y fascinar al mismo
tiempo. Y la boca donde hay que sentarse es muy grande para los
chicos. Si bien hay adaptadores, los niños suelen tener temor a
caerse dentro de ese inmenso agujero.
Cómo
actuar
El juego es nuestro gran aliado en la infancia,
tanto para la incorporación de aprendizajes como en la resolución
de dificultades, angustias y miedos. Es decir que será al que
debemos recurrir si surgen estos miedos a hacer caca.
Estate
atenta, más o menos, a los horarios o frecuencia con que tu hijo
hace caca, y en esos momentos preguntale si quiere ir al baño.
En
general cuando los chicos están por hacer caca, cambian su postura
corporal: ese es el momento para salir corriendo al baño, pero
convirtiendo esto en un juego y no en un reto. Por ejemplo, “a ver
quién llega primero al baño”. Una
vez que hizo, hacer correr el agua del inodoro y repetir “chau”,
con saludos y muestras de gran alegría que favorezcan la buena
predisposición del chico.
Libros
de cuentos, canciones y videos de sus personajes favoritos
seguramente abordarán la temática y te ayudarán muchísimo.
Es
importante contarles -en forma muy sencilla- de qué se trata el
proceso de digestión. Podés decirle por ejemplo que cuando come,
los alimentos le dan al cuerpo las vitaminas y la energía que
necesita para crecer y estar sano, y que lo que no sirve, el cuerpo
lo elimina en forma de caca. Es decir, que la caca es lo que no le
sirvió al cuerpo, y por eso tiene que salir.
Si
tu hijo es constipado, hablalo con el pediatra, ya que él te
indicará de qué manera ayudarlo.
En
cuanto al inodoro, tené en cuenta que hay adaptadores para niños.
De usarlos, también colocá una plataforma, no sólo para que pueda
subirse, sino para que esté más cómodo, con los pies apoyados
mientras está sentado (sin las piernas colgando), ya que en esa
posición podrá hacer una adecuada presión abdominal.
Si
elegís una pelela, fijate que se siente en la posición correcta
para hacer fuerza: hacia adelante, con las rodillas juntas y los
pies apoyados en el suelo. Hay una gran variedad: desde las más
convencionales, con formas de animalitos, réplicas de un inodoro en
miniatura, etc.
No
lo retes ni te enojes con él, sino todo lo contrario: animalo a
hacer caca.
Respetá
sus tiempos.
Por
lo general son etapas que se superan con paciencia, ayuda de los
padres y una importante dosis de creatividad y juego.
No
sólo los chicos
En
algunos adultos hay varios miedos relacionados con el baño, pero hay
uno en especial que se suele ocultar: el no poder ir a baño fuera de
la casa propia. Ante
la idea de tener que ir a un baño ajeno, hasta se evita salir o se
fuerza al cuerpo a soportar horas de retención. A la vez de que
se incrementan las molestias físicas, aparecen pensamientos del
tipo: “Me
da vergüenza ir a un baño que no es el mío”, “Me da asco
mancharme y no poder limpiarme bien”, “Tengo miedo de que los
demás me vean”.Es
frecuente que esto ocurra en los baños públicos, en la casa de
amigos o parientes, cuando hay invitados en la casa propia, o cuando
alguien está esperando que salgamos del baño. Lo cierto es que
nadie
debería sentirse avergonzado de este problema, es común y puede ser
superado. Este miedo es un tipo de fobia que casi siempre está
relacionado con la vergüenza social y que rara vez ocurre en
situaciones donde otras personas no están presentes.
La incapacidad de
orinar y defecar en presencia de otras personas o en lugares públicos
se llama paruresis (síndrome de vejiga tímida) y
parcopresis (síndrome del intestino tímido), respectivamente.
Los primeros indicios pueden aparecer en la infancia, cuando los
niños no utilizan los baños de los colegios. Cuando los
síntomas continúan en la vida adulta corresponde a un trastorno de
ansiedad de connotaciones sociales también llamada fobia social: las
personas se sienten criticadas y
juzgadas por los demás. Esto
puede ser por la frecuencia de ir al baño, ruidos u olores
relacionados, lo que genera un elevado nivel de ansiedad.
La fobia al baño está relacionada con los ataques de pánico por síntomas físicos y el pensamiento de “¿Cómo puedo escapar de esto si necesito un baño?”. En este contexto, el miedo y la vergüenza pueden ser perjudiciales para su salud y sus medios de subsistencia, ya que en muchos casos la persona se abstiene de comer o tomar líquidos para no tener que usar el baño cuando está lejos de su casa, incluso deben dejar de trabajar.
Dra. Mariana Czapski – Psicóloga y Especialista en Psicología Clínica
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